Para Catalina.
El hombre
no sentía deseos de nada, caminaba absorto en sus pensamientos con la mirada
fría como mirando sin ver.
Iba
siempre con la vista clavada en el suelo como si sintiese vergüenza de que el
sol iluminara su rostro.
Andaba
despacio, con andar cansino y lento, arrastrando cadenas invisibles de un peso
incalculable. Así andaba el hombre; con la espalda encorvada soportando
el peso de su miseria, su única compañera de viaje.
Hacía
tiempo que el hombre había dejado el sendero y ahora caminaba por una pradera
ancha de un verdor refulgente que sus ojos no podían ver porque ya no
distinguían los colores. Así era la tristeza del hombre.
Hubo un
tiempo en que el hombre lloraba, pero ya no más pues sus ojos hacía tiempo se
habían secado. Recordaba que el llanto aliviaba su pena y entonces podía
dormir.
Siguió
caminando y el día se tornó noche, y el bullicio fue silencio. Ya estaba muy
lejos.
Un búho
ululaba melancólico en la copa de un árbol delgado y alto que de lejos se
parecía al hombre. La corteza se mostraba gris y ajada a la luz de la luna de
plata y el hombre pensó si no sería de piedra. No tenía hojas porque era
invierno y su desnudez lo hacía tenebroso.
Continuó
la marcha siempre al mismo tranco, ni más lento ni más rápido. Avanzaba igual
que el tiempo.
Una vez el
hombre fue feliz aunque fue hace mucho tiempo y en realidad ya no recordaba.
Tan solo
una sonrisa evanescente y una voz cristalina y angelical conformaban el total
de sus recuerdos. No había rostro, ni nombre. Tan solo una sonrisa que según él
recordaba lo inundaba todo de luz y una suave voz que susurraba palabras que a
él se le antojaban de amor.
Que
terrible, pensó. ¿Por qué no puedo recordar; y si no recuerdo por qué siento
esta horrible pena?
Era una
pregunta que desde hacía tiempo le aguijoneaba sin piedad. Por más que pensaba,
el hombre no conseguía responderla.
¿Estaré
vivo aún, a pesar de que no como ni bebo? Mal puedo estar muerto si siento este
dolor tan vivo que me hiere el alma. Si el aire me lastima cuando
atraviesa mi pecho cual pequeños alfileres.
No, no
puedo estar muerto si me corazón late dentro de mi pecho.
Caminó un
poco más y el murmullo de una cascada, todavía lejana, le indicó que dirección
debía seguir.
“Es ahí a
donde voy”, se dijo aunque no sabía por qué.
Conforme
avanzaba el aire se hacía más húmedo y frío, el aroma de la hierba mezclado con
el de la tierra mojada era agradable para el hombre.
Las gotas
de rocío depositadas en los tallos de los finos pastitos brillaban a la luz de
la luna como pequeños diamantes. Eran tan perfectos y bellos que el hombre
sintió pena de pisar la hierba.
Llegó a la
cascada que comenzaba su salto allí donde se encontraba parado y notó que el
precipicio era muy profundo y en el fondo unas piedras salían amenazadoras de
entre la espuma.
---¿Qué
haces? La voz era cálida.
---¿Quién
pregunta? Respondió el hombre.
---Yo,
¿vas a saltar?
---Tal
vez, ¿te importa?
---Claro
que sí.
El hombre
se dio vuelta pero a nadie vio y se preguntó si finalmente no estaría perdiendo
a la cordura.
---Estoy
aquí abajo. Dijo la voz.
El hombre
miró hacia sus pies vio un hermoso gato atigrado color plata y negro que lo
miraba con sus enormes ojos verdes y la cabeza levemente inclinada a un lado.
Tenía unos bigotes largos de los que colgaban gotas de rocío.
---Que no
te asombre que te hable, ¿quién te ha dicho que los gatos no podemos hablar? Lo
hacemos cuando queremos, aunque eso no es muy a menudo, y además sucede que los
humanos están siempre demasiado ocupados para escuchar cualquier otra cosa que
no sea su propia voz. ¿Estás triste?
---Sí,
pero no recuerdo porque. En realidad no recuerdo nada.
---¿Tienes
miedo de morir?
---No, ¿y
tú?
---Yo sí.
¿Por qué no saltas entonces?
---Porque
le temo al olvido. Pienso en la razón de mi tristeza y no logro recordarla, de
hecho creo que siento pena porque no logro recordar. Entonces pienso que es muy
triste no tener recuerdos y no formar parte de la memoria de nadie.
Porque eso
es la muerte, el no ser recordado por ninguna persona. Si no hay nadie que
sonría cuando ya no estemos, si nadie dice que una vez tuvo un amigo que se
llamaba Fulano de Tal, si no nos reflejamos en el rostro del hijo, en sus ojos
o sus cabellos, entonces no hay prueba de que hemos vivido. Habremos pasado por
este mundo sin pena ni gloria.
Yo no
tengo recuerdos, ¿acaso entonces nadie me recuerda?
---¿Cómo
te llamas?
---No lo
sé, lo he olvidado.
---Entonces
yo te pondré un nombre, así podré recordarte y tú entonces podrás saltar.
El hombre
calló de rodillas y se puso a llorar con la cara entre las manos.
---¿Por
qué lloras Joel? Ahora te llamas Joel.
---Porque
tengo miedo de morir, respondió aquel entre sollozos.
---Entonces
no saltes. Quédate conmigo.
El gato
restregó su cara contra el rostro de Joel y secó sus lágrimas.
Era suave
y tibio, el hombre ahora llamado Joel lo cogió entre sus brazos y ambos
quedaron inmóviles y en silencio por un rato. Joel sentía mucha paz y en su
corazón ya no había dolor, ni pena, ni vacío.
---Vamos,
dijo el gato.
---¿A
dónde?
---A casa.
---¿Y eso
dónde es?
---Lo
sabremos cuando lleguemos allí.
Joel
asintió con la cabeza y volvió a abrazar al gato contra su pecho, entonces hubo
una luz dorada y brillante que los cubrió y de a poco se fueron desvaneciendo.
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